jueves, 8 de marzo de 2012

Epilogo Casa capitular - Frank Herbert

Siempre me he preguntado cual seria la definición mas perfecta del amor. Pero no hablo del amor de películas o libros. Amores donde los amentes son felices por siempre. Si no del amor de todos los días, el amor cotidiano. Con sus discusiones, tropezones y desencuentros. Pero, el amor es como la agricultura, hay que sembrarlo, cultivarlo y recoger sus frutos. Sembrarlo en cada estación, cultivarlo todos los días y recoger sus frutos en los momentos de felicidad. Del mismo modo, tiene problemas como toda plantación. Al igual que en la naturaleza, existen tiempos de sequías e inundaciones. Aparecen cuervos, plagas y alimañas que dañan la cosecha. No obstante los buenos agricultores se sobreponen y se imponen a la adversidad. Los buenos amantes también. Pero entonces solo se me ocurre definir el "amor perfecto" con las palabras de Frank Herbert en su ultimo libro "Casa capitular" 





Este es otro libro dedicado a Bev, amiga, esposa, segura ayuda, y la persona que le dio su título. La dedicatoria es póstuma, y las palabras que siguen, escritas la mañana siguiente de su muerte, deberían decirles a ustedes algo acerca de su inspiración.
Una de las mejores cosas que puedo decir acerca de Bev es que no ha habido nada en nuestra vida juntos que yo necesite olvidar, ni siquiera el apacible momento de su muerte. Ella me dio el último regalo de su amor, un pacífico tránsito sin temores ni lágrimas por su parte, que alivió mis propios temores. ¿Qué mayor don existe que el demostrar que no necesitas temer a la muerte?
La nota necrológica habitual dirá: Beverly Ann Stuart Forbes Herbert, nacida el 20 de octubre de 1926 en Seattle, Washington; muerta a las 5:95 p.m. del 7 de febrero de 1984 en Kawaloa, Maui. Sé que esto es una formalidad mucho mayor de la que ella hubiera tolerado. Me arrancó la promesa de que no habría un funeral convencional, «con el sermón de un predicador y mi cuerpo exhibido». Como ella decía, «yo no voy a estar en ese cuerpo entonces, pero merece una mayor dignidad de la que proporciona esa exhibición» Insistió en que yo no fuera más lejos que en hacer que su cuerpo fuera cremado y sus cenizas esparcidas por su querida Kawaloa, «donde hemos gozado de tanta paz y amor». La única ceremonia... amigos y familiares en el esparcir de sus cenizas
mientras suenan las notas de «Puente sobre aguas turbulentas». 
Sabia que habría lágrimas entonces, y hay lágrimas mientras escribo estas palabras, pero en sus últimos días habló a menudo de que las lágrimas son fútiles. Reconocía las lágrimas como algo que forma parte de nuestros orígenes animales. El perro, decía siempre, aúlla ante la pérdida de su dueño. Otra parte de la consciencia humana dominaba su vida: el espíritu. No en ninguno de los empalagosos sentidos religiosos ni en ninguno de los otros sentidos que los espiritualistas asocian a la palabra. Para Bev, era la luz de la consciencia humana brillando en todo lo que encontraba. Debido a ello, puedo decir pese a mi dolor e incluso dentro de ese dolor que la alegría llena mi espíritu debido al amor que ella me dio y sigue dándome. Nada en la tristeza ante su muerte es un precio demasiado alto de pagar por todo el amor que compartimos.

Su elección de la canción para ser cantada en la ceremonia de esparcir sus cenizas procedía de lo que a menudo nos decíamos el uno al otro... que ella era mi puente y yo el suyo. Eso resume nuestra vida matrimonial. Empezamos a compartirla con una ceremonia ante un ministro en Seattle el 20 de junio de 1946. Nuestra luna de miel la pasamos en una torre de vigilancia forestal
contra incendios en la cima de un otero, el Kelley Butte, en el Bosque Nacional de Snoquaimie. Nuestros aposentos eran un cuadrado de tres metros y medio de lado con una cúpula encima de tan sólo metro y medio de lado, y la mayor parte del espacio disponible estaba ocupado por el rastreador de fuegos a través del cual detectábamos cualquier humo que viéramos.
En aquel angosto espacio, con una Victrola accionada a cuerda y dos máquinas de escribir portátiles que ocupaban un espacio considerable encima de la única mesa, sentamos el esquema de lo que sería nuestra vida juntos: trabajo combinado con la música, escribir, y todas las demás alegrías que la vida proporciona. 
Esto no quiere decir que experimentáramos una constante euforia. Lejos de ello. Tuvimos momentos de hastío, de miedos y de dolores. Pero siempre hay tiempo para las risas. Incluso al final, Bev podía sonreír aún para decirme que la había colocado correctamente sobre sus almohadas, que había aliviado el picor de su espalda con un suave masaje, y que había hecho todas las demás cosas necesarias porque ella ya no podía hacerlas por si misma.
En sus días finales, no quiso que nadie excepto yo la tocara. Pero nuestra vida matrimonial había creado un lazo de amor y confianza tan grande que ella decía a menudo que las cosas que yo hacia por ella era como si las hiciera ella misma. Aunque yo tenía que procurarle los más íntimos cuidados, los cuidados que uno proporcionaría a un niño, ella no se sentía ofendida ni su dignidad se veía asaltada. Cuando la tomaba entre mis brazos para colocarla en una posición más cómoda o bañarla, los brazos de Bev siempre se colocaban alrededor de mis hombros y ella anidaba su rostro como había hecho tan a menudo en el hueco de mi cuello.
Es difícil transmitir la alegría de esos momentos, pero les aseguro que estaba ahí. Alegría espiritual. Alegría de la vida incluso en la proximidad de la muerte. Su mano estaba en la mía cuando murió, y el doctor que la atendía, con lágrimas en los ojos, dijo de ella lo que habían dicho ya muchos otros: -Tenía un don. Muchos de aquellos que vieron aquel don no lo comprendieron. Recuerdo cuando entramos en el hospital a primeras horas de la madrugada para que diera a luz a nuestro primer hijo. Estábamos riendo. Los enfermeros nos miraban con desaprobación. El nacimiento es algo doloroso, incluso peligroso. Algunas mujeres mueren dando a luz. ¿Por qué está riendo esa gente? Estábamos riendo a causa de que la perspectiva de una nueva vida que formaba parte de nosotros dos nos llenaba de una gran felicidad. Estábamos riendo porque el nacimiento iba a producirse en un hospital edificado en el mismo lugar que el hospital donde había nacido Bev. ¡Qué maravillosa continuidad! Nuestra risa era infecciosa, y muy pronto todos aquellos con quienes nos encontramos en nuestro camino hasta la sala de partos estaban sonriendo. La desaprobación se convirtió en aprobación. La risa era su don en los momentos de tensión. 
La suya era también la risa de lo constantemente nuevo. Todo aquello con lo que se encontraba tenía algo nuevo que excitaba sus sentidos. Había en Bev una progresiva ingenuidad que era, a su propia manera, una forma de sofisticación. Deseaba descubrir lo que había de bueno en todo y en todos. Como resultado de ello, obtenía esa misma respuesta en los demás.
-La venganza es para los niños -decía-. Tan sólo la gente que es básicamente inmadura la desea.
Era conocida por llamar a la gente que la había ofendido y razonar con ella para echar a un lado sentimientos destructivos. «Seamos amigos.» No me sorprendió la fuente de ninguna de las condolencias que llegaron después de su muerte. 
Fue típico de ella el que deseara que yo llamase al radiólogo cuyo tratamiento en 1974 fue la causa más directa de su muerte, y le diera las gracias por «proporcionarme esos diez maravillosos años más. Asegúrate de que comprende que sé que él hizo todo lo que pudo por mí cuando yo estaba muriendo de cáncer. Llevó sus conocimientos, sus  habilidades y su arte hasta sus límites, y quiero que sepa que se lo agradezco.»
¿Es de sorprender que mire hacia atrás a todos esos años que pasamos juntos con una felicidad que trasciende de todas las palabras con las que pueda intentar describirlos?
¿Es de sorprender el que no desee ni necesite olvidar ni un sólo momento de ellos? La mayor parte de la gente tan sólo tocó su vida de una forma periférica. Yo la compartí de la forma más íntima, y todo lo que ella hizo me fortaleció. No me hubiera resultado posible hacer todo lo que la necesidad me exigió durante los diez años finales de su vida, fortaleciéndola a ella al mismo tiempo, si ella no me hubiera proporcionado antes esa fortaleza en los años anteriores, completamente y sin reservas. Considero que ésta ha sido mi mayor fortuna y mi más milagroso privilegio.

Frank Patrick Herbert (8 de octubre de 1920 - 11 de febrero de 1986)

Casa capitular fue su ultimo libro y dos años después de haberlo escrito falleció siguiendo los pasos de su amada Bev. En su momento al terminar de leer este epilogo, realmente se me callearon las lagrimas y comprendí por primera vez, lo que es el verdadero amor. 

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